Cada cual con su quimera

Cada cual con su quimera (Chacun sa chimère) es un poema maldito del escritor francés Charles Baudelaire (1821-1867), publicado en la antología de 1869: Pequeños poemas en prosa (Petits Poèmes en prose).

Cada cual con su Quimera, un verdadero clásico entre los poemas de Charles Baudelaire, desarrolla la idea de que las ilusiones, los anhelos, las esperanzas —representadas en la figura de una Quimera—, no son en realidad el combustible que nos impulsa hacia adelante, sino un peso insoportable que nos dobla la espalda.

De esa forma, este notable poema de Charles Baudelaire vindica una especie de filosofía del desapego, una manera singular de ver y de entender el mundo, no ya pensando en objetivos específicos, sino más bien despojándonos de ellos.


Cada cual con su quimera

Chacun sa chimère, Charles Baudelaire (1821-1867)

Bajo un amplio cielo gris, en una vasta llanura polvorienta, sin sendas, ni césped, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados.

Llevaba cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana.

Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el contrario, al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase con sus dos vastas garras al pecho de su montura, y su cabeza fabulosa dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de sus enemigos.

Interrogué a uno de aquellos hombres preguntándole adónde iban de aquel modo. Me contestó que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a alguna parte, ya que les impulsaba una necesidad invencible de andar.

Observación curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra el furioso animal, colgado de su cuello y pegado a su espalda; hubiérase dicho que lo consideraban como parte de sí mismos. Tantos rostros fatigados y serios, ninguna desesperación mostraban; bajo la capa esplenética del cielo, hundidos los pies en el polvo de un suelo tan desolado como el cielo mismo, caminaban con la faz resignada de los condenados a esperar siempre.

Y el cortejo pasó junto a mí, y se hundió en la atmósfera del horizonte, por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se esquiva a la curiosidad del mirar humano.

Me obstiné unos instantes en querer penetrar el misterio; mas pronto la irresistible indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedó más profundamente agobiado que los otros con sus abrumadoras quimeras.


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