En las calles de Santiago, donde la adolescencia se mueve entre la edad del pavo, los videojuegos, las risas después del colegio y las primeras preguntas sobre quién se es realmente, aparece un frasco pequeño, barato y silencioso: Zipeprol. Un objeto casi invisible, fácil de conseguir, fácil de esconder, fácil de subestimar. Para muchos, apenas un jarabe para la tos olvidado en una farmacia; para otros, una puerta que jamás imaginaron cruzar y que, una vez abierta, comienza a cerrarse lentamente detrás de ellos.
Esta es la historia de un joven de 13 años que nunca buscó ser adicto. No hay rebeldÃa heroica ni decisiones conscientes de autodestrucción. Solo curiosidad. Solo la sensación de querer pertenecer, de probar algo nuevo, de apagar por un momento el ruido interno que nadie más parecÃa notar. Problemas familiares, confusión emocional, inseguridades propias de la edad y una necesidad silenciosa de escapar se mezclan hasta formar el escenario perfecto para el primer paso. Y el primer paso, casi siempre, parece inofensivo.
Al principio todo parece un juego. Una experiencia distinta. Una risa fácil. Una sensación nueva que promete alivio y desconexión. Pero lentamente, sin anunciarse, algo cambia. El cuerpo comienza a pedir más. La mente empieza a justificar lo injustificable. Los dÃas se organizan alrededor del próximo frasco, de la próxima dosis, del próximo instante de evasión. Lo que era curiosidad se transforma en hábito; el hábito en necesidad; y la necesidad en una prisión invisible.
Frasco tras frasco, el joven se adentra en un mundo sórdido y solitario donde los lÃmites se desdibujan. El colegio pierde sentido, las amistades cambian, la familia se vuelve distante aunque esté cerca. Aparecen las mentiras pequeñas que luego se vuelven inevitables, el cansancio permanente, la desconexión emocional y la sensación de estar viviendo detrás de un vidrio, observando la propia vida sin poder detener la caÃda. El cuerpo comienza a pagar el precio: el sueño alterado, la ansiedad, el desgaste fÃsico. El alma también: culpa, vergüenza y un vacÃo que ninguna dosis logra llenar.
Eduardo Recart entrega aquà un testimonio real, directo y profundamente humano, sin filtros ni romanticismos. No hay glorificación ni exageración, solo la crudeza de una experiencia vivida desde dentro. Su relato expone cómo una sustancia aparentemente inofensiva puede transformarse en un enemigo feroz que avanza en silencio, infiltrándose en la rutina hasta ocuparlo todo. Basado en hechos reales, el texto nos lleva desde la primera experiencia —ingenua y casi dulce— hasta la pérdida total de los parámetros personales, el deterioro emocional progresivo y las últimas dosis marcadas por el cansancio, la desesperanza y el sabor inevitable de la derrota.
Pero este no es únicamente un libro sobre drogas. Es también un retrato Ãntimo de la fragilidad adolescente, de la soledad que muchas veces pasa desapercibida incluso en hogares llenos, y de cómo el dolor psicológico puede esconderse detrás de conductas que los adultos no siempre comprenden. Es la historia de un joven que no querÃa destruirse, sino dejar de sentir por un momento aquello que no sabÃa nombrar.
Sin moralejas forzadas ni discursos moralizantes, el relato deja al lector frente a una verdad incómoda: el consumo problemático no siempre comienza en la oscuridad, sino muchas veces en la inocencia. Este testimonio muestra el túnel por el que muchos adolescentes transitan en silencio; algunos quedan atrapados para siempre, otros logran salir con cicatrices invisibles, y unos pocos consiguen transformar la experiencia en memoria, palabra y conciencia.
Un relato honesto, doloroso y necesario que no busca juzgar, sino mostrar. Porque entender estas historias no significa justificarlas, sino mirar de frente una realidad que existe, aunque muchas veces prefiramos no verla.



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