Nunca olvidaré la primera vez que lo vi.
Estaba sentado en una banca en la Plaza de Armas, cuando un caballero impecablemente vestido, de esos que parecen desentonar con el lugar, se me acercó.
Era tarde, casi medianoche, y la luz amarillenta de los postes distorsionaba las sombras de su abrigo largo.
- Pareces perdido, me dijo.
Había algo en él que me ponía nervioso. No era exactamente peligro, era más bien una certeza, ese hombre sabía cosas de mí, del barrio, de la noche.
Me pregunto adónde iba, no tenía respuesta, en realidad, esa época de mi vida era solo tomar Zipeprol. Daba pasos sin dirección, días que se mezclaban con noches. El sonrió como si al no responderle fuera lo que quería escuchar.
- Acompáñame un momento, no te haré daño.
No debí seguirlo, pero cuando uno está emocionalmente quebrado, no teme a los desconocidos, se teme a uno mismo, y tal vez por eso lo hice.
El auto era antiguo, de lujo, con olor a cuero y perfume caro. Nos subimos. Él hablaba mucho, pero me miraba de reojo como evaluándome.
El viaje fue corto, llegamos a una casa antigua, elegante, con una fachada que no correspondía al barrio, demasiado fina para ser humilde, demasiado discreta para ser rica.
Entramos.
El interior era otro mundo. Luz delicada, música lenta, muebles de terciopelo rojo, cuadros antiguos. Ahí entendí que no era una casa común, era un lugar que ocultaba secretos.
- Este es mi negocio, un prostíbulo exclusivo, solo para hombres.
Me dijo tranquilamente, sin ocultar nada.
- Aquí la gente no viene solo a comprar placer, viene a olvidar.
Caminó por un pasillo donde habían muchas puertas, todas entreabiertas, no se veía nada explicito, pero se escuchaban murmullos, risas bajas, conversaciones, yo lo seguía detrás.
Los trabajadores del lugar, todos adultos, todos elegantes, todos con una mirada que mezclaba seducción y cansancio, nos miraban con curiosidad.
- No te traje para ofrecerte a nadie, te traje porque eres menor de edad.
Eso me congeló.
Publicar un comentario