Existe una paradoja en el poeta francés Charles Baudelaire, más precisamente en su Himno a la Belleza (Hymne à la Beauté). En realidad, más que una paradoja se trata de una evidencia de su grandeza.
La visión que el autor nos brinda en Himno a la belleza, probablemente uno de los mejores poemas de Charles Baudelaire, no se manifiesta directamente en sus versos, sino a través de sus amores secretos, particularmente en su relación con La bizca.
Charles Baudelaire puede convertirse en un hábito tan nutritivo como complejo. Su Himno a la belleza da cuenta de esa ambigüedad, patrimonio de los grandes artistas, que como lectores no debemos pensar como elementos que se excluyen, sino como aristas de un todo personal y ricamente diverso.
En 1840 Charles Baudelaire inició sus estudios en la Facultad de derecho. Al tiempo comienzan sus andanzas disipadas, lo cual es razonable, dada la naturaleza de sus estudios. Fue entonces cuando se relacionó a la Bizca.
Casi todas las biografías coinciden en que Charles Baudelaire ya era adicto a las drogas cuando conoció a esa enigmática mujer.
Se encontró con la Bizca en un maloliente prostíbulo parisino. Sarah —así se llamaba nuestra musa de la belleza—, era una muchacha hebrea de mala vida que sobrevivía a duras penas en el Barrio latino. Sus mayores virtudes estéticas consistían en una inobjetable calvicie, apenas disimulada por una peluca barata que despedía un hedor nauseabundo, y el talento innato para torcer la vista en cualquier ángulo imaginable.
Charles Baudelaire, con escasa originalidad, la llamó La Louchette, es decir, la Bizca.
Los amores de Charles Baudelaire y la Bizca fueron ardorosos, especialmente para él, ya que allí se contagió de sífilis. Con el tiempo, Charles Baudelaire escribiría un horroroso poema que alude a su compleja y controversial relación con Sarah, la Bizca, publicado originalmente en Las flores del mal (Les Fleurs du mal).
Durante una noche junto a una horrible judía,
como un cadáver tendido, pensaba
al lado de aquel cuerpo vendido, en esta triste
belleza de la cual mi deseo se priva.
Los académicos dirán, y con toda razón, que en el Himno a la Belleza no hay ninguna referencia a la Bizca. Desde aquí, en cambio, nos gusta creer que esa malicia enmascara una revelación, una epifanía, y que el Himno a la belleza, uno de los más notables poemas de amor de Charles Baudelaire, no pudo haberse escrito sin que el autor experimentara las caricias de aquella muchacha desgraciada.
El mismo y múltiple Charles Baudelaire es el autor de los dos poemas; aquel que repugna a la razón y los sentimientos, y el otro, el Himno a la belleza que redime a su creador, probando que la verdadera belleza adquiere muchos rostros, algunos de ellos monstruosos.
Como detalle adicional, diremos que la Bizca fue retratada por Edouard Manet en 1862. En honor a la verdad, en la pintura no se aprecian las deficiencias ópticas que el poeta le atribuyó con aguda crueldad.
Himno a la Belleza
Hymne à la Beauté, Charles Baudelaire (1821-1867)
¿Vienes del hondo cielo, o surges del abismo
Oh Belleza? Tu mirar, infernal y divino
Vierte confusamente crimen y beneficio
Y se te puede por eso comparar al vino
En tu ojo contienes el poniente y la aurora;
Respandeces perfumes como noche de procelo
Tus besos son un filtro y tu boca una ánfora
Que al héroe vuelve blando y al niño resuelto.
¿Surges de la sima negra o bajas de los astros?
El Destino encantado cual can sigue tus enaguas
Siembras al azar la alegría y el descalabro
Y gobiernas todo y no respondes de nada.
Marchas sobre los muertos, Belleza, de los que ríes
De tus joyas el Horror no es el de menor encanto,
Y el Asesinato, entre tus más caros dijes,
Sobre tu vientre orgulloso baila apasionado.
La efímera encandilada vuela a ti, tambalea,
Crepita, arde y dice: bendigamos esta antorcha!
El enamorado jadeante sobre su pareja
parece un moribundo acariciando su fosa.
¿Que vengas del cielo o del infierno, que importa
¡Oh Belleza! ¡Monstruo enorme, horrible, incauto!
Si tu ojo, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un Infinito que amo y que no he visitado?
¿De Satán o de Dios, que importa? Ángel o Sirena,
¿Que importa, si vuelves – hada de ojos de terciopelo
Ritmo, perfume, resplandor – ¡Oh mi única reina!
Al universo menos repugnante y a los instantes mas ligeros?
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