La metamorfosis del vampiro

La metamorfosis del vampiro (Les Métamorphoses du vampire) es un poema de vampiros del escritor francés Charles Baudelaire (1821-1867), publicado en la antología de 1857: Las flores del mal (Les Fleurs du Mal), y posteriormente en la colección de 1865: Los despojos (Les Épaves).

Se trata de uno de los mejores poemas de Charles Baudelaire, por cierto, censurado en la primera edición de Las flores del mal.

Charles Baudelaire aprovecha la provocativa figura del vampiro para dar cuenta de los dos temas principales de la poesía, y acaso de la vida misma: el amor y la muerte.

La mujer vampiro de Charles Baudelaire es un monstruo, una criatura tanto sobrenatural como seductora. Su descripción, que acentúa ardorosamente los rasgos de su boca y la humedad de sus labios, evoca directamente las voluptuosidades del cuerpo femenino.

En La metamorfosis del vampiro, verdadero clásico entre los poemas de amor de Charles Baudelaire, la vampiresa, ansía beber la sangre de su presa, la cual acaso representa a la inspiración del poeta.

El amor, áspero y antinatural, se expresa en una especie de culto infernal a la mujer, un sacrificio que no devuelve nada perdurable al devoto, salvo el goce del momento, convirtiéndose repentinamente en una condena.

Los biógrafos de Charles Baudelaire afirman que La metamorfosis del vampiro es una especie de expiación con amplias referencias a la sífilis que marcó la vida del poeta.


La metamorfosis del vampiro

Les Métamorphoses du vampire, Charles Baudelaire (1821-1867)

La dama, entre tanto, de su labios de fresa
estremeciéndose como una serpiente entre brasas
y amasando sus senos sobre el duro corsé,
Decía estas palabras impregnadas de almizcle:
Son húmedos mis labios y la ciencia conozco
de perder en el fondo de un lecho la conciencia,
Seco todas las lágrimas en mis senos triunfales.
y hago sonreír a los viejos con infantiles risas.
Soy para quien sepa contemplarme desvelada,
la luna, y soy el sol, el cielo y las estrellas.
Yo soy, mi amado sabio, tan docta en los deleites,
Cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos,
o cuando a los mordiscos abandono mi busto,
tímida y ligera y frágil y robusta,
Que en esos cobertores que de emoción se rinden,
Impotentes los ángeles se perdieran por mí.

Cuando hubo succionado de mis huesos la médula
y muy lánguidamente me volvía hacia ella
A fin de devolverle un beso, sólo vi
rebosante de pus, un cáliz pegajoso.
Yo cerré los dos ojos con helado terror
y cuando quise abrirlos a aquella claridad,
A mi lado, en lugar del fuerte maniquí
que parecía haber hecho provisión de mi sangre,
en confusión chocaban fragmentos de esqueleto,
De los cuales se alzaban chirridos,
como los de una agria e infernal veleta,
o los de un cartel, al cabo de un vástago de hierro,
que acaricia el viento en las noches de invierno.

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